“La fin del mundo, la fin del mundo”. Esta es la frase que los abuelos y bisabuelos canarios recuerdan de ese 2 de octubre de 1959, el día en el que el Archipiélago de Canarias, décadas antes de que se convirtiera en una comunidad autónoma, vivió un acontecimiento histórico y muy parecido al que vivirá gran parte de la Península Ibérica este próximo 12 de agosto: un eclipse total de Sol. Las circunstancias, la historia y la cultura popular han cambiado muchísimo. Ese ‘fin del mundo’ de nuestros abuelos era desconocimiento por falta de educación e información. Hoy, aunque España tiene los niveles de personal formado más altos de su historia, también tendremos que luchar en contra de bulos, negacionismo y terraplanismo.
En un caso y en otro, con 67 años de diferencia, la astronomía y la astrofísica serán referentes. En 2009, el Museo de la Ciencia y el Cosmos y el Instituto de Astrofísica de Canarias invitaron a testigos de ese momento a relatar de forma conjunta su experiencia. Este artículo rescata también algunos de esos testimonios que relatan cómo La mañana del 2 de octubre de 1959 quedó grabada a fuego en la memoria colectiva. Durante algo más de dos minutos y medio, la Luna ocultó por completo el disco solar, sumiendo en la oscuridad una franja de 100 kilómetros de ancho que abarcó el noreste de Tenerife, Gran Canaria y el suroeste de Fuerteventura.Para la ciencia, este eclipse total fue el catalizador definitivo para el nacimiento de la astrofísica moderna en las Islas. Para la ciudadanía, sin embargo, fue un día suspendido entre el asombro tecnológico, el desconcierto de la fauna doméstica y el temor reverencial a "la fin del mundo".

El día en que nació la astrofísica en Canarias
En la década de los cincuenta, sin la tecnología actual ni los grandes telescopios solares, los astrónomos debían viajar a los rincones más remotos del planeta para estudiar la corona solar durante los escasos minutos de un eclipse. Canarias, con su atmósfera limpia, y esa fecha marcada en el calentario se convirtió en el laboratorio perfecto.
El eclipse de 1959 revivió una vieja idea del astrónomo Jean Mascart, quien ya en 1910 había propuesto un observatorio astronómico en los altos de Guajara, en Tenerife. Figuras clave como José María Torroja y el padre Antonio Romaña impulsaron los estudios de las condiciones astronómicas de Izaña. Para ello, encomendaron la campaña de prospección a un joven físico recién licenciado: Francisco Sánchez, quien más tarde se convertiría en el fundador y primer director del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). Lo que comenzó como un estudio provisional de dos años demostró que el cielo de Canarias era, sin duda, un tesoro científico de relevancia mundial.

La expectación en los días previos y la crónica del acontecimiento también quedaron retratadas con gran intensidad en las páginas de la prensa de la época. Los periódicos locales de aquellos años combinaron el rigor de las explicaciones científicas con llamativos consejos de seguridad y crónicas sociales sobre el histórico acontecimiento. Se publicaron detalladas advertencias para evitar que la población sufriera daños de retina al mirar directamente al Sol, recomendando encarecidamente el uso de cristales ahumados o películas veladas como único filtro seguro. Asimismo, los reporteros se hicieron eco de la expectación que generó la llegada de los científicos extranjeros y de las aeronaves militares norteamericanas en el aeropuerto de Los Rodeos, describiendo el evento en sus portadas como un hito científico y un espectáculo de la naturaleza sin precedentes que colocaría temporalmente a Canarias en el centro de la atención mundial.

El acontecimiento de 1959 atrajo una movilización científica sin precedentes, destacando la llegada de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos con enormes aviones de carga como el Lockheed C-130A Hercules y el Douglas C-124 Globemaster al aeropuerto de Los Rodeos. El gran protagonista tecnológico fue el reactor ultrasónico F-101B Voodoo, encargado de volar a 20.000 metros de altura para filmar el eclipse.
Pero mientras la tecnología más avanzada del planeta aterrizaba en las pistas de Tenerife, la realidad social de las Islas era muy diferente, marcada por la emigración clandestina y la escasez de la posguerra.
Testimonios y anécdotas: la crónica social del eclipse
A través de una campaña del Museo de la Ciencia y el Cosmos y el IAC, decenas de testigos compartieron sus vivencias de aquella histórica jornada. La recopilación de testimonios (realizada en 2009 y que rescatamos en este artículo) nos devuelven sensaciones que oscilan entre el humor y la supervivencia cotidiana.

Por un lado, el joven Santiago Padilla Castilla presenció cómo su abuelo Juan desafiaba el temor generalizado al fin del mundo exigiendo almorzar rápido para morir con el estómago lleno. Recuerda que dijo "ya está bien de tonterías. Ponme la comida, que si viene el fin del mundo, yo quiero morir harto", y se sentó a comer tranquilamente. Mientras tanto, Agustín Alonso Elvira vivía el eclipse inmerso en la cola del racionamiento de papas.
Como reflejo de ese ámbito burocrático de la emigración, la enfermera Leonor Páramo trabajaba atendiendo a las personas que necesitaban certificados médicos, para emigrar y le sorprendió el eclipse en su jornada laboral, “no pasé nada de miedo por eso del fin del mundo. Soy una persona religiosa que no cree en esas boberías”, contaba en 2009.
El desconcierto de la fauna urbana también dejó huella: Dolores de la Rosa recordaba el pánico de las gallinas que corrieron a cobijarse en los palos de los gallineros de las azoteas al hacerse de noche a mediodía, una estampa que Asunción de la Rosa complementaba al evocar el posterior desconcierto de los gallos cantando al unísono ante el repentino y segundo amanecer de la jornada.
El piloto Francisco Abreu Plaza narraba en 2009 cómo sufrió en carnes propias la inestabilidad atmosférica generada por el eclipse, experimentando un aterrizaje forzoso en un avión de cabina abierta debido a las fuertes ráfagas de viento, mientras que el testimonio de Isabel Hernández reflejaba la temeridad de la época al recordar cómo los niños observaban el fenómeno a través de cristales ahumados con velas o radiografías viejas, ignorando por completo el grave peligro que corría su salud ocular.

El eclipse total de sol de 1959 marcó un antes y un después en la historia científica y social de las Islas Canarias. Quienes lo vivieron recuerdan el frío repentino y la belleza del cielo teñido de un extraño tono anaranjado. Para los que se lo perdieron, la espera será larga: el próximo eclipse total de Sol que cruzará el archipiélago no ocurrirá hasta el 6 de julio de 2187. Mientras tanto, el IAC continúa escudriñando el cosmos desde las cumbres, un legado directo de aquel inolvidable día en el que se hizo de noche dos veces.